sábado, 7 de octubre de 2017

Yo plantaré mi árbol - Juan Carlos Chébez

Aunque el hacha derrumbe todo el monte,
y quemen la guarida de los pájaros,
y le armen trampas a los tigres viejos,
yo plantaré mi árbol.


Aunque sigan creciendo las represas,
y hasta lo vuelvan maloliente al lago,
y lo envenenen al halcón y al sapo,
yo plantaré mi árbol.


Aunque eliminen todos los baldíos,
y a cada yuyo logren arrancarlo,
y suba el humo y se me tape el cielo,
yo plantaré mi árbol.


Aunque anden encerrando los jilgueros,
y pongan precio al ensueño alado,
y le roben pichones a los loros,
yo plantaré mi árbol.


Aunque se olviden el camino al campo,
y ya no se sorprendan con la luna,
ni con el cielo limpio y estrellado
yo plantaré mi árbol.


Aunque me maten ese niño alegre,
que llevaba en el alma desbocado,
con tanta envidia, falsedad y mentira,
yo plantaré mi árbol.


Aunque me quieran atajar a veces,
y me arrodille solo y agotado,
y a veces pierda el rumbo a lo sagrado,
yo plantaré mi árbol.


Aunque no entiendan nunca la poesía,
y al canto criollo crean anticuado,
y no comprendan la tristeza india,
yo plantaré mi árbol.


Aunque me sienta solo, abandonado,
yo seguiré plantando cada árbol,
y floreciendo en versos y canciones,
para que mi hijo crezca convencido,
que hay un futuro alegre, iluminado,
un futuro verde y positivo,
con miles de árboles creciendo en el camino.


Juan Carlos Chébez. Dic. 2003.

Juan Carlos Chebez (1962-2011)

Quizá los años nos permitan visualizarlo con más claridad pero sabemos que fue uno de los naturalistas y conservacionistas más importantes que tuvo este país y que seguramente pasarán décadas hasta que otro pueda sobresalir a este nivel. Fue el máximo creador de áreas protegidas de la Argentina desde la década del 80 a la fecha, y le debemos muchos parques nacionales e incontables parques provinciales, municipales y privados a lo largo y ancho del territorio nacional.


Ideólogo del Corredor Verde en Misiones (primer corredor biológico de la Argentina, idea que luego se replicaría por todo el país), de la primera reserva compensatoria (Parque Provincial Urugua-í) y de las Reservas Naturales Militares, entre muchas otras.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Catástrofes ambientales, desafío mayor

En los hogares de casi todo el planeta se pudo ver el avance del huracán Irma generando preocupación y temor. Es importante no olvidar, no pasar rápidamente a otro tema, y permitirnos algunas breves reflexiones. El impacto inmediato de este tipo de catástrofes es visible: personas que mueren, animales que desaparecen, viviendas que se destruyen, patrimonios trabajosamente construidos que desaparecen en un instante, paisajes que cambian irremediablemente, enormes costos de reconstrucción, economías en depresión, masivos desplazamientos humanos, el sufrimiento en los sitios que no han sido filmados, las catástrofes que ocurren en lugares poco conocidos, y los padecimientos de los más vulnerables, que suelen ser silenciosos y no generan grandes repercusiones. Hay un sentimiento de temor, similar al que sentían los antiguos pobladores del planeta ante las tormentas, que nos hace pensar si la humanidad avanza o retrocede.
Entre los aspectos positivos puede contarse que la tecnología, la información y los sistemas de alertas permiten disminuir los daños; uno puede imaginarse lo que hubiera sucedido si el huracán hubiera aparecido repentinamente y hubiera encontrado a las ciudades con sus habitantes desprotegidos.
Pero hay algunos aspectos más generales que se estudian en el ambientalismo que son dignos de consideración.
En nuestra tradición cultural se ve con cierto menosprecio la búsqueda de equilibrio, asociándola al equilibrista, a la especulación, lo cual no es sino un reflejo de nuestra ignorancia.
Los sistemas precisan de la armonía, que no es una mera abstracción del idealismo, sino algo muy concreto.
La naturaleza va perdiendo su equilibrio y los extremos se acentúan. Por ejemplo, los huracanes son fenómenos comunes desde hace muchos años, pero su intensidad y capacidad de destrucción ha aumentado considerablemente. En nuestra región observamos algo similar: los inviernos son menos fríos, los veranos son más calurosos, hay más lluvias, más inundaciones en algunas regiones, más sequías en otras, los glaciares retroceden, el agua potable es cada vez más escasa y la demanda aumenta.
La salud humana es un equilibrio basado en premisas que están cambiando; los alimentos son distintos y aparecen nuevas enfermedades; el ser humano está preparado para la actividad, pero su vida es sedentaria; es sociable, pero cada vez vive más aislado estableciendo vínculos autistas con la tecnología.
La sociedad se sustenta en pilares que, cuando mudan, exhiben su fragilidad. Unas horas sin luz ni control policial hicieron que algunas personas vieran la oportunidad de saquear negocios y casas vacías. Imaginemos si en una ciudad se corta la energía durante una semana, puede ocurrir que haya saqueos, robos, violencia y que el contrato civilizatorio se quiebre.
La economía está fundada en variables que están cambiando. Ya no hay tanta ropa de invierno porque ya no hace tanto frío, el agua, que antes se desperdiciaba ahora tiene valor, el modelo de auto con nafta para pasear es algo que se está agotando en todo el mundo porque ya es inviable y el consumo ha generado una nueva economía basada en la utilización de los desechos: el postconsumo.
La naturaleza muestra signos de crisis: el calentamiento global, la desertificación provocada por la explotación excesiva de los recursos, la extinción de las especies, el agua potable, la calidad del agua, la contaminación de los océanos y muchos otros aspectos permiten señalar que hay un grave peligro que debemos enfrentar.
Frente a este enorme desafío, pensamos que no hay desafíos. En algunos casos porque creemos que es suficiente declarar que nos preocupa el ambiente, en otros porque nos enfocamos en las cuestiones urgentes y dejamos de lado lo importante. Nos gusta encontrar enemigos todos los días pero ignoramos lo que más nos amenaza: la catástrofe ambiental y nuestra indiferencia. La agenda cotidiana es una fiesta de la insignificancia, como diría Kundera. Estos llamados de atención deben ser atendidos y en esa línea es que se está hablando del “Estado ambiental de derecho”. Es decir, reconfigurar la gobernabilidad de modo que se pueda lograr armonía entre el sistema económico, social y ambiental.
Ricardo Lorenzetti es Presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación

domingo, 25 de junio de 2017

La extinción es para siempre - Claudio Campagna

Aproximadamente un cuarto de las 80.000 especies de plantas y animales categorizadas por expertos están amenazadas de extinción; 5.200 andan por el borde del precipicio, y tal vez alguna esté cayendo mientras el lector se adentra en esta nota. La causa: el uso excesivo, la destrucción de ambientes. ¿Qué significa extinguirse por causa humana? Significa que se han ido matando (directa o indirectamente) a todos los representantes de una forma de vida, hasta el último. La tragedia en los mares es la sobre-explotación y la pesca el mecanismo; la destrucción de ambientes opera en los continentes. Nuestra especie desplaza a innumerables otras, hasta aniquilarlas.
¿Es la extinción causada por el comportamiento humano un problema moral? En base a primeros principios, es inmoral tratar a un ser humano como un medio para un fin, pero esa es la manera que tiene nuestra forma de vida (y el resto también) de tratar a otras formas de vida. Sin embargo, ¿quién duda que algo extraño, particular, inaceptable sucede cuando un pájaro, una rana, un pez o un insecto dejan de existir? Hay quienes racionalizan y justifican en base a costos y beneficios: o somos “nosotros” o son “ellos”.
El mundo necesita desarrollarse, nos dicen; son demasiados los pobres, dicen. Y es cierto, pero para revertir el mal le golpean fuerte la puerta a la naturaleza y la aniquilan con actividades extractivas sin límites, o reduciendo las áreas naturales, incluso las protegidas. ¿Por qué no golpean las puertas de los 60 humanos más ricos del planeta que han acumulado más capital que tres mil millones de co-terráqueos? Debe ser más fácil pedirle a la naturaleza.
Y en medio de la confusión de valores, aparece la solución: “de-extinguir”. De-extinguir es provocar una “resurrección” mediante técnicas genéticas, es “resucitar”, devolver lo muerto a la vida, rescatar una especie de la muerte a partir de producir, en el laboratorio de biología sintética, individuos que se parezcan a los que alguna vez pertenecían a la forma que fue empujada al abismo. ¿Qué credo místico promueve esta noción con estos términos? Uno con excelente reputación: la ciencia.
Dicen algunas escrituras: el arcángel Gabriel anunció a María que gestaría al hijo de Dios, concebido en su virgen vientre. Así es como Jesús nacería, moriría y también resucitaría. Sin voluntad de ofensa, la narrativa es inesperadamente semejante a la de los entusiastas por la de-extinción. Del cuerpo muerto de individuos de una especie extinguida se extrae ADN y se genera “un libro” en código. Si al libro le faltan páginas, se lo completa con páginas parecidas de otra especie viva. Se reparan imperfecciones y se instala el código en una célula. La célula comienza a multiplicarse. Si se trata de un mamífero, se las implanta en el útero de una madre postiza que presta el vientre. Si el embrión se desarrolla y nace, la especie se considera de-extinguida. Si muere, se extinguió dos veces… El drama de no comprender qué implica empujar a una forma de vida a desaparecer se complica con el de intentar reparar el daño; la tragedia griega no tiene fin. Los a favor de la magia superan con sus ideas el trabajo de los arcángeles: los individuos de la especie a de-extinguir pudieron haber permanecido muertos no tres días sino miles de años. El rescate necesita cuerpos vivos de organismos no extinguidos que donen células, o incluso un vientre. Pero ese no es un problema. Una madre virgen gesta una vida que le llega concebida por obra y gracia de los científicos que se la implantaron. ¿Y si ocurre el nacimiento? Entonces se lo llama una resurrección. Búsquese artículos sobre la de-extinción y podrán superar cualquier escepticismo que mi prosa haya generado.
La de-extinción no está ocurriendo aún, y nunca será herramienta útil a la conservación. Los cuestionamientos son ecológicos y éticos. ¿Y si el ambiente original de la especie muerta ya no existe? Por ahora se habla. Y hasta puede que en algunos casos se justifique aplicar la idea de manera razonable (serán excepcionales). Antes, sin embargo, se debería atender a las miles de especies aún vivas y al borde de perderse por decisión humana, entre ellas las 5.200 que vienen cayendo estrepitosamente.
Se dice: si fuimos causa, tenemos obligación de revertir lo malo que hemos hecho. El debate recién empieza. El fin de este artículo es marcarle un aspecto en particular: el lenguaje. Los a favor del “milagro de la ciencia” se defienden: “¡son sólo palabras… se entiende que no son ‘milagros-milagros’!” Pero a fuerza de martillar, se instala el mensaje de que la extinción no es para siempre. Así opera el lenguaje, crea el escenario sobre el que el pensamiento actúa, genera el público y se aplaude a sí mismo.
Hoy, un gran científico es un ingeniero molecular que maquina futurismo. Son mentes prácticas que en algún momento controlaron la piedra, el fuego o la energía atómica. Son inteligentes, bienintencionados, pero empujarán los límites, como los dioses. Mientras tanto, ¿qué hacen los filósofos además de obnubilarse con la ciencia? La ética que resguarda a la naturaleza requiere desarrollo antes de que el concepto de naturaleza que manejan los filósofos sea obsoleto.
Claudio Campagna es médico y biólogo (UBA y Universidad de California)